1.- Desarrollar programas de rehabilitación e integración, para ayudar a las personas a adaptarse a su déficit, recuperar su autoestima y mejorar la calidad de vida lo máximo posible.
2.- Proporcionar ayuda psicológica tanto a los afectados como a sus familiares. El ictus es una de las experiencias más traumáticas que puede ocurrirle a alguien. Tras el ictus, son muy frecuentes la ansiedad, los sentimientos de frustración e incluso la depresión. Para la familia se produce un cambio radical; con frecuencia, las personas más cercanas al enfermo necesitan ayuda para asumir cambios tan importantes en su rutina social, familiar y laboral. Aunque el afectado haya quedado sin secuelas, puede necesitar apoyo para modificar su estilo de vida haciéndolo más saludable (dejar el tabaco, hacer ejercicio, llevar una dieta, etc.) o asumir su enfermedad.
3.- Crear grupos de autoayuda entre los asociados y sus familiares, que permitan a todos sobrellevar la nueva situación.
4.- Conseguir ayudas de adaptación socio-familiar a discapacitados:
 Desplazamientos.
 Movilizaciones.
 Alimentación.
 Aseo personal, etc.
5.- Asesoramiento en la gestión y tramitación de subvenciones y ayudas de aparatos ortoprotésicos, reformas del hogar, incapacidad laboral, etc. A menudo, desconocemos las posibles ayudas que existen, así como nuestros derechos.
Promover actividades lúdicas y de formación para sus asociados:
 Viajes y actividades sociales.
 Actividades de ocio con adaptaciones.
 Cursos y talleres que promuevan nuevas aficiones, informen del ictus, etc.
 Actividades deportivas adaptadas.
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